Costa da Morte: rutas, qué comer y dónde dormir

03, 03, 2019

La Costa de la Muerte (Costa da Morte en gallego) son unos 200 kilómetros escasos de recorrido –desde Malpica de Bergantiños hasta Cabo Fisterra– por uno de los paisajes más enigmáticos, bellos y auténticos que existen.   

Esta parte de la costa gallega está formada por un paisaje enigmático, bello, difícil: acantilados de 100 metros de altura, calas recónditas, playas salvajes, pueblecitos pesqueros, faros perdidos, un mar embravecido... se trata de una costa legendaria, sin duda, cuyo nombre se debe a todo tipo de historias para no dormir. Que se sepa, contra sus rocas escarpadas han llegado a naufragar unos 950 barcos.

Tiene fama de ser un mar temible, frío, es casi intratable, aseguran los marineros. Casi siempre, sus olas golpean obstinadamente, sin compasión, como si les fuera la vida en ello. Una y otra vez. Y cuando no lo hacen, se nota que es una calma reprimida. Se sostiene allí una lucha preciosa entre un océano incontenible y el continente resiliente.


Cómo llegar

Se puede ir directamente en tu propio coche, en bus o en tren –incluso hay cruceros que llegan hasta allí–, pero lo más recomendable es coger un vuelo de ida y vuelta a Santiago de Compostela o A Coruña y, una vez en el aeropuerto, alquilar un coche pequeño o mediano (unos 10 a 20€ al día). Como decía, la ruta por Costa da Morte se inicia en Malpica de Bergantiños y finaliza unos 200 kilómetros hacia el sur (o al revés) en Cabo de Finisterre.


Ruta de los Faros, de Malpica a Fisterra

Desde A Coruña lo suyo es poner rumbo al sur: el inicio de este camino es en Malpica, que se encuentra a unos 40 minutos en coche. En realidad, podríamos recorrer la distancia total hasta Fisterra en un par de horas en coche, pero, si es posible, merece la pena hacerlo en dos o tres días. Parar, contemplar, comer, contemplar otra vez, dormir... por el Camiño dos Faros.

Son 8 faros y lo idearon unos amigos para caminar por el borde del Atlántico, explorando la costa, los pueblos y la cultura puramente gallega.  En Malpica, punto de partida, no es mala idea darse un paseo por sus callejuelas y la parte vieja y subir a la parte alta para acabar en Cabo de San Adrián donde se pueden contemplar la Islas Sisargas en el horizonte, y allí respirar por primera vez la esencia de esta poderosa costa.


Corme y la morriña gallega

Desde Malpica a Corme hay unos 20 kilómetros. Cuando uno llega por primera vez a Corme se da cuenta de lo que significa la morriña gallega. Se respira en el aire y luego se siente en la piel. Es como descubrir un sentimiento de pertenencia que no creías tener. Supongo que tiene que ver con el silencio, incluso con la complaciente soledad que inunda a este adorable pueblecito pesquero; pero, sobre todo, tiene una relación directa y misteriosa con la mar: el sonido de las olas al romper entre los arrecifes, las gaviotas graznando suspendidas sobre el viento y ese olor tan peculiar a marisco que inunda la atmósfera. Por eso, cuando uno ha entrado en Corme, ya no se puede escapar, aunque luego se vaya a la otra parte del mundo. 


El Faro Nariga

Desde Corme a Cabo Nariga (al norte) hay unos 10 kilómetros. El poderoso oleaje y las rocas afiladas le protegen y le dan vida. De hecho, varias cruces se han clavado a lo largo de la costa en recuerdo a los valientes percebeiros que perecieron en el intento. Hablan los entendidos de que el percebe más apreciado del planeta se encuentra entre los cabos Nariga y Roncudo. Es un lugar sacado de un sueño. Acantilados de granito y cuarzo con formas y colores indescriptibles que cuelgan sobre el Atlántico. Una carretera sinuosa, casi siempre envuelta en neblina, nos lleva hasta allí. La mar en estado puro. El Faro Nariga es uno de esos faros clásicos, diseñado recientemente por el afamado arquitecto César Portela, nos recibe imponente, observando el horizonte luminoso, tal vez guiando a los percebeiros en su ansiada y romántica búsqueda del percebe. Los atardeceres y las puestas de sol quitan el hipo.

 
 
 
 
 
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Roncudo, territorio del percebe

Entre Nariga y Roncudo hay unos 12 kilómetros, Aquí todo gira alrededor del admirado percebe, un crustáceo raro –parece un muñón– huidizo, casi ermitaño, que se esconde en las zonas más inaccesibles de la Costa da Morte. Es un recorrido fascinante, repleto de paisaje esencialmente gallego. Es curioso escuchar con que sentimiento hablan del lugar. Amplias praderas combinadas con bosques de eucaliptos y riachuelos tímidos, donde se ocultan auténticos tesoros de la antigüedad: descubrimos una calzada romana, castros milenarios ocultos entre la maleza, una escultura de una serpiente presumiblemente de la época celta y multitud de petroglifos cuyo origen se desconoce.

 
 
 
 
 
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Praia de Niñóns y Praia de Barda

Más tarde, nos desviamos continuamente por serpenteantes senderos hacia la costa. No es difícil encontrar playas de aguas cristalinas y arena blanca. Calas salvajes. Praia de Niñóns y Praia de Barda son dos preciosos ejemplos. Aunque luzca el sol en todo su esplendor, no suele haber ni un alma, ni una sola toalla sobre la arena. Es verdad que cuesta llegar y que el agua está muy fresca, pero eso es justamente lo bueno que tiene. Son calas naturales, rodeadas de vegetación y que únicamente mantienen las antiguas casa de pescadores en pie. Son un tesoro.


Dónde comer el percebe

Francamente es muy difícil no comer excelentemente por esta zona, sea donde sea. La materia prima es de altísima calidad. El percebe para que esté bueno debe oler a las algas del mar, si tiene días su sabor es amargo y desagradable. Si es reciente, su sabor es dulce. Por cierto se trata del crustáceo que menos calorías tiene. Puestos a sugerir, el restaurante Miramar de Corme es una magnífica opción para degustar el percebe elaborado al estilo cormelán (con patatas). Llevan muchos años sirviéndolo. También cuentan con un marisco exquisito en la cocina de Mar Ardora, en Cabana de Bergantinos, a poca distancia al sur de Corme. Al final, sea como sea, este viaje te deja el sabor del mar gallego para siempre en el recuerdo.


La prehistoria gallega

Más hacia el sur, en dirección Borneiro, hay que poner el freno y disfrutar de la prehistoria gallega. Cerca de allí hay dos interesantísimos restos arqueológicos: el castro de Cibdá (siglo VI a.C), una antigua fortaleza militar celta en medio de un bosque, y el dolmen de Dombate (IV milenio a.C), probablemente el monumento megalítico más fundamental de la historia de Galicia. Más adelante, alcanzaremos Laxe. Como no, allí también tienen su faro. No es de los más bonitos, pero han habilitado una mesas y sillas para disfrutar de las apoteósicas vistas. Sin duda, uno de los tramos más bonitos en esta costa es el que va de Arou al faro de Cabo Vilán, donde circulas por una pista de tierra donde domina el paisaje agreste, virgen y con un encanto desbordante. Este faro (el primer faro de luz eléctrica de la península) es un símbolo en Costa da Morte, puesto que su luz alcanza los 55 metros mar adentro. ¿Cuántas vidas habrá salvado?

 
 
 
 
 
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De Camariñas hasta el fin del mundo

Como se sabe, en Camariñas mandan las “palilleiras”, las conocidas artistas de los encajes de bolillos. Es curioso verlas trabajar. Luego, vamos hacia Mugía o Muxía, en lo que se podría llamar la ruta de las tres Rías o la Costa da Morte sur. Esta población es un buen lugar para entender los mitos y leyendas de Galicia. Un extraordinario ejemplo es la del conjunto de piedras situadas en la Punta da Barca, un rincón privilegiado pegado al mar, del Santuario de Nosa Señora da Virxe da Barca y del faro de Punta da Barca. La más conocida la de la “Pedra de Abalar” (se le atribuyen propiedades mágicas, incluso la gente creía que se libraba del pecado si movía esta enorme piedra).

 
 
 
 
 
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Cabo Fisterre, donde el mundo se acaba

El Cabo de Finisterre, o Cabo Fisterra en gallego, es donde efectivamente el mundo llegaba a su fin y la tierra se acababa. Así lo pensaron los romanos contemplando el sol hundiéndose en el horizonte y oscureciendo la vida. Allí, a dos kilómetros del pueblo, subiendo por un caminito, se llega hasta el último faro de la ruta. Un faro majestuoso de 143 metros de altura sobre el nivel del mar. Mi sugerencia sería ir al atardecer, claro. Es uno de los puntos de la geografía mundial donde más impresiona la puesta de sol (entiendes a los romanos). No importa como este el océano. Es brutal esté como esté, sea enfurecido o relajado.

 

 
 
 
 
 
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Hotel recomendado en Costa da Morte

Para rizar el rizo del viaje, y ya que estamos en el faro del fin del mundo, te recomiendo pasar la noche en el Hotel O Semaforo de Fisterra. Toda una experiencia. Espectacular. Si quieres contemplar el atardecer de la mejor manera posible, éste es tu lugar. Ahora bien, deberás reservar con antelación dado que solo cuenta con 5 habitaciones. Aunque los precios son sorprendentemente accesibles: por una habitación individual, los precios van de 50€ a 60€ (según la temporada), mientras las habitaciones dobles cuestan de 90€ a 125€.

***Este artículo es fruto de la colaboración entre Travelzoo y La Vanguardia***

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