Consejos para viajar haciendo del mundo un lugar mejor

29, 10, 2018

Viajar es necesario. Conocer mundo, descubrir otras culturas, contemplar paisajes impresionantes. Pero hay que hacerlo con responsabilidad. Si no, en el futuro, ya no podremos hacerlo de ninguna manera.

El objetivo de este artículo no es dar lecciones de nada. Ni obligar a nadie que haga lo que no quiere hacer. La finalidad de este artículo es describir unos hechos desastrosos, subrayar las causas de esos hechos y explicar cómo evitarlas para que no vuelvan a ocurrir. Luego, decides tú.


Cada vez, viajamos más

El turismo ha aumentado un 7% en el último año (2017). Teniendo en cuenta que la tendencia anual en los últimos tiempos era un crecimiento del 4%, estamos ante un dato muy relevante que muestra cuál es la situación real. Somos aproximadamente 1.300 millones de viajeros moviéndonos por el planeta; ojo, en 1950 eran 25 millones. No está mal el subidón. Y parece que esto no parará en los próximos años. Otro dato interesante: en la actualidad, menos del 10% de la población mundial viaja, lo que significa que queda un 90% de potenciales viajeros.

Este hecho, en principio, podría ser una excelente noticia, no cabe duda. Viajar es bueno para la salud mental de las personas, para las economías de los países y para el intercambio entre culturas. Entonces cuantos más seres humanos viajen, mejor... Pues no. Salvo que se viaje de forma responsable. Si no es así, la noticia se transforma en desastrosa. Es la otra cara de la noticia.


Los efectos de la masificación

Queda claro: nos movemos mucho y nos vamos a mover aún más en el futuro. Pero la cuestión no es esa, el inconveniente está, ante todo, hacia dónde nos movemos. Nos concentramos en algunos lugares, en fechas concretas y en momentos puntuales y, en consecuencia, se produce el colapso total. Y el colapso, a su vez, genera conflicto. Y el conflicto ya sabemos a dónde conduce.

Pongamos algunos casos: las playas de la costa del Mediterráneo en agosto, las aglomeraciones de cruceristas –se dan casos de 10.000 de golpe– en las Ramblas de Barcelona, la necesidad de poner semáfaros en Venecia para que los turistas no choquen unos contra otros, o  el vertedero –25 toneladas de basura y 15 toneladas de desechos humanos, el equivalente a tres autobuses de dos pisos, según el Comité de Control de la Contaminación de Sagarmatha (SPCC)– en el que se ha convertido la ascensión del Everest. Son solo algunos casos. Pero cada vez son más. Y más preocupantes.

Dubrovnik, Sevilla, el Machu Picchu, Tailandia... Tanto es así que se están produciendo muestras de odio al turista (turismofobia). Y ese no es el plan. Al contrario. Viajar significa compartir, aprender, descubrir, disfrutar. Hay que pensar en cómo cambiar esta endiablada dinámica. Y hay que hacerlo ya.

Photo by Micaela Parente on UnsplashCaption

 


La solución: comprométete

Efectivamente, la solución es el compromiso de todos. El compromiso de los gobiernos. El compromiso de las empresas turísticas. Pero sobre todo es tu compromiso. El compromiso a cuidar nuestro entorno, pero también el entorno al que viajamos. Es la “ética de la responsabilidad”, la que, en vez de ocuparse sólo de la bondad de los actos, se ocupa sobre todo de la bondad de las consecuencias de los actos. Hay que dejar el mundo mejor de cómo nos lo encontramos.

Está claro que el turismo es una entrada de dinero importante para muchos países (entre ellos, España). No obstante, muchas veces no es riqueza. Al revés, el dinero puede ser la ruina. Como hemos comentado con anterioridad, es un hecho que al ritmo exponencial que el turismo crece puede ser brutalmente perjudicial, por lo que es necesario parar y estudiar el cómo es posible continuar creciendo sin destruir la esencia de cada destino, reparando en la medida de lo posible el daño causado. Viajar con el menor impacto posible. Comprometerse y viajar con responsabilidad es la solución.


Para empezar, hay que respetar el destino

La responsabilidad en un viaje empieza con la preparación del mismo. Hay que tener un mínimo de respeto al destino. Eso significa que hay que conocerlo. Documentarse con antelación. Antes de viajar, es preciso buscar información sobre el lugar que vas a visitar: su historia, su cultura, economía, naturaleza, religión, gastronomía… De hecho, si lo haces, comprobarás como lo disfrutas mucho más, gastas menos y te sientes más cómodo.

Otro asunto fundamental es aprender tres pinceladas del idioma: hola, gracias, adiós, por favor, lo básico... Con eso, conseguirás que las relaciones que establezcas sean más fluidas. La otra persona percibirá tu esfuerzo por comunicarte, por conocer, y se abrirá más a lo que necesites. Ah, e intenta que tu maleta sea lo más ligera posible y que el contenido no genere residuos (plásticos, cristales, etc.).


Camina todo lo que puedas

Suena exagerado, pero eso es lo ideal. Caminar es bueno para la salud y el alma, y no contamina nada. Nada de nada. Limpieza absoluta. Andar, andar y andar es el objetivo. Sin embargo, eso no es realista del todo cuando uno viaja. En general hay que moverse lejos y rápido y caminando no haces ni una cosa ni otra, por lo que hay que buscar el equilibrio. La sugerencia aquí es que hay que procurar moverse con transporte público o alquilar una bici o, como mínimo, buscar medios ecológicos (hay taxis eléctricos), que son los medios más sostenibles.

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Consumo sostenible

Hemos hablado antes del compromiso. Esa es la clave. Pero el compromiso no es solo un ejercicio que ha de poner en marcha el viajero, también es el deber de las empresas. Por eso es fundamental que apoyes a las agencias de viajes, a las aerolíneas, a los hoteles y a los proveedores de actividades y excursiones que respeten a sus trabajadores, hagan un uso eficiente de sus recursos (comprueba si usan energías limpias), que cooperen con las comunidades con las que conviven y cuiden el medio ambiente. Si puedes, elige a los que fomenten el consumo ecológico sí o sí.

Y en cuanto a ti, también es importante que tengas un comportamiento ecológico cuando hagas uso de los servicios de estas empresas. De hecho, haz lo que harías en tu casa: no abuses de la ducha ni toallas (el agua es un bien común) y muy escaso, o no te excedas con el aire acondicionado o la luz. Vigila con los residuos y recicla siempre que sea posible.


Compartir con la población local

Esta parte es básica. Hay que preservar las economías locales. Existe una tendencia a explotar los destinos que, a la larga, lo que provocará es que desaparezcan. Hay que invertir en las empresas locales. Alojamientos familiares, pequeños restaurantes, actividades que conozcan bien la esencia del entorno. Es imprescindible consumir sus productos locales, disfrutar de la gastronomía local, de los mercados de productos frescos, de los lugares de restauración donde disfrutan los lugareños, porque comerás más sano y habrá una repercusión económica positiva en el destino. Y cuando te quieras llevar un recuerdo o souvenir, piensa en el arte o artesanía local.

Un ejemplo claro de lo que estamos hablando: cuando un hotel ofrece comida de la región, esto favorece la producción del sitio donde está, que revierte en la economía del lugar y finalmente incrementa la calidad de estos productos. Es un círculo que casi siempre se cierra con final feliz para el destino.

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Adaptarse a las costumbres de la cultura que visitas

Como se suele decir, “allá donde fuere haz lo que vieres”. Este debería ser el lema de cualquier viajero responsable. Cada país es un mundo. Lo que en un punto del planeta significa una cosa, en la otra puede ser lo contrario. A veces dices algo que piensas que es bueno y el lugareño se ofende. Hay que integrarse bien. Por ejemplo, hay lugares donde no está permitido entrar a los templos sin cubrirte la cabeza. Es así. No es cuestión de discutirlo, es otra cultura.

Recuerda que eres tú quien vas a visitarlos. Respeta a la gente local, así como sus costumbres, normas y hábitos. No hace falta que los entiendas, pero es obligatorio el respeto. No tengas prejuicios. No hay malos viajeros, hay viajeros mal informados. Conocer y aprender de su estilo de vida nos hará personas más tolerantes. Ah, y lo de siempre: no tomes fotografías a personas sin su previo consentimiento.


Cuida el medio ambiente

Este es el último apartado, pero probablemente es el más prioritario. Hay que cuidar nuestra casa. Si no, desapareceremos tarde o temprano. Según la OMT (Organización Mundial del Turismo) la industria de los viajes es la responsable del 5% de las emisiones de CO2 a la atmósfera. Hay que reducirlo drásticamente. Para ello, como viajeros podemos poner nuestro granito de arena. Por ejemplo, intentemos coger siempre vuelos directos (menos combustible), o evitemos el uso de papel –con billetes, entradas, folletos o mapas–. Entre todos, debemos minimizar el impacto sobre la naturaleza.

Más consejos: vigila con el consumo de protectores solares, ya que ponen en riesgo la supervivencia de varias especies marinas y corales. Procura que sean biodegradables y aplícatelo 20 minutos antes de sumergirte en el mar. Y por supuesto, no tires residuos –como botellas de agua o plásticos de cualquier tipo; llévate una bolsa para la basura– al campo, la playa o la montaña, y evita los tours donde se exploten o maltraten animales como algunos paseos en elefantes o bañarse con delfines; infórmate antes sobre su legalidad. Y evita a toda costa comprar productos hechos con plantas o animales en peligro de extinción.


Y después del viaje...

Pues es sencillo: comparte tus experiencias de viajero responsable. Difunde el mensaje. Aporta tus consejos. Denuncia las faltas de responsabilidad, tanto de otros turistas, como de los gobiernos, como de las empresas o lugareños. Muestra las consecuencias positivas que tiene el compromiso de un viajero que se preocupa por dejar un mundo más limpio, seguro y viajable del que se encontró.

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